
Encontré una vela encendida cuando llegué a casa, una de estas velas aromáticas de olor dulzón que me daba dolor de cabeza. Era morada y tenía dibujadas flores rosa que iban siendo deboradas segun se consumía la vela. Las gotas de cera resbalaban formando pequeñas lágrimas moradas, menguando cada vez mas la vela, se enfrían antes de llegar a la base y se adhieren abrazandola creando formas nuevas y hacinendola única.La llama bailaba siguiendo las normas de cualquier corriente de aire caprichosa, casi apagandola, unas veces alargada, otras titilante y azul.Sin más preámbulos la apagué, y mientras el humo y el aroma dulzón se mezclaban pensé en lo peligros que es dejarse velas encendidas cuando no hay nadie en casa. La llevé a la basura pero antes de tirarla pensé que podría volver a encenderla, y si no lo hubiera hecho antes podría servir como pequeño obsequio en fiestas a las que vas por compromiso o porque no hay otra cosa mejor que hacer.Al final se quedó en la mesa de noche, junto al despertador y un par de guantes.Y me quedé dormida.

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